“El mundo al
revés nos entrena para ver al prójimo como una amenaza y no como una promesa,
nos reduce a la soledad y nos consuela con drogas químicas y con amigos
cibernéticos. (…) nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a
olvidar el pasado en lugar de escucharlo y aceptar el futuro en lugar de
imaginarlo (…).” Eduardo Galeano, Patas Arriba: la escuela del mundo al revés (2007).
En la colonia La Campanera en El Salvador, en septiembre de 2009, al regresar al lugar en el cual había filmado este excepcional trabajo de investigación sobre la policía, el sistema de justicia, las pandillas y su contexto social, Christian Poveda periodista franco-español corresponsal y sobreviviente en los conflictos bélicos en Líbano, entre Irán e Irak, y la Intifada en Palestina, fue asesinado de cuatro balazos a quemarropa en un paraje baldío junto al río Las Cañas. Esta cruda obra de arte sobre la realidad social fue presentada en últimas fechas en el Centro Cultural Universitario de nuestra casa de estudios.
Jóvenes convergen en los velorios de sus compañeros caídos en una guerra fratricida resultado de la devastación social (entre la mara18 y la marasalvatrucha). Saña y muerte, desesperanza, incrustadas en un contexto social tremendamente adverso: pobreza, desigualdad, injusticia, desempleo, falta de oportunidades de educación y culturales, desintegración familiar, discriminación, un círculo vicioso del que un grupo de jóvenes de la “mara18” trata de salir participando en un proyecto social productivo (una panificadora) impulsado por ellos mismos, intentando así reinsertarse a la sociedad que los ha excluido. Sin embargo sus esfuerzos se ven frustrados por los policías, que en cualquier momento y lugar los detienen, no los dejan trabajar; así mismo el sistema judicial juzga y condena a los impulsores de este proyecto, hacinándolos en la cárcel, llevando a la panificadora a su desaparición y con ella la esperanza de aquellos que querían transformar su realidad.
Evidentemente, la violencia es la fuerza, la energía, que organiza la vida de estos jóvenes. Es, sin embargo, una violencia que solo puede ser entendida si ubicamos el papel que esa energía social ha asumido en la historia de El Salvador. En 1931 la caída de los precios del café agravó la situación económica del país, provocando que un régimen autoritario militar-oligárquico se apoderara del gobierno empleando una política de represión para mantenerse en el poder hasta 1979. Para estos años su justificación ideológica fue la conocida Doctrina de la Seguridad Nacional, inscrita en el contexto de confrontación entre el sistema imperialista abanderado por los Estados Unidos y los países ligados a la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (U.R.S.S).
Para 1980 los eventos represivos y violentos del Estado salvadoreño y sus grupos paramilitares fueron replicados por acciones de las organizaciones guerrilleras, iniciándose una guerra civil –la cual dejó una cifra de más de 70 000 muertos y alrededor de 9 000 desaparecidos. Hasta que el 16 de enero de 1992 se firmaron los Acuerdos de Paz en el Castillo de Chapultepec, en México. La guerra civil implicó la movilización masiva de migrantes salvadoreños hacia los Estados Unidos, en donde un nuevo círculo vicioso (drogas, violencia racial y de Estado, falta de oportunidades, exclusión) atrapó a muchos jóvenes obligándolos a organizarse en pandillas para la confrontación mutua, así como al desprecio a la vida social moderna. La historia de El Salvador ha estado marcada por la violencia y el despojo permanente que ejercieron tanto la clase hegemónica, el Estado, como las fuerzas militares y geoeconómicas norteamericanas.
Pero estos procesos no fueron exclusivos de este país, tampoco son acontecimientos de un pasado lejano, sino una constante en la modernidad capitalista. La dictadura del Capital nos somete a una guerra civil permanente: “(…) de ninguna manera es la ‘democracia’ sino, más bien, el ‘estado de excepción’, ‘la guerra civil’ –como continua combinación de conflictos militares abiertos con simulacros de paz (…) el estado que constituye la situación regular de la historia de lo que, sin duda, es la ‘lucha de clases’ mundializada del capitalismo moderno.” (Luis Arizmendi 2002: La globalización como mito y simulacro). Así, el desarrollo capitalista ha producido ejércitos de desposeídos que se integran a los circuitos de explotación y delincuencia, los jóvenes de nuestra Latinoamérica se encuentran entre las principales victimas.
Pero para la visión ideológica dominante en las esferas altas de los gobiernos, en el empresariado, en los medios de comunicación masiva, y por supuesto en gruesas capas de la sociedad, la pobreza y la violencia delictiva son el resultado del “fracaso” y la “mala conducta”, a los que como tales hay que perseguir y castigar.
Pero para la visión ideológica dominante en las esferas altas de los gobiernos, en el empresariado, en los medios de comunicación masiva, y por supuesto en gruesas capas de la sociedad, la pobreza y la violencia delictiva son el resultado del “fracaso” y la “mala conducta”, a los que como tales hay que perseguir y castigar.
En México, el proceso paralelo de desestructuración económica en virtud de la apertura comercial y de militarización ha tenido como consecuencia la muerte de más de 60 000 personas, la desaparición y el desplazamiento forzado de miles, la violación a los derechos humanos de los migrantes centroamericanos y la continua cooptación de jóvenes por el crimen organizado y las fuerzas militares y paramilitares, así como policiales. Tendencia que expresa una mayor desintegración de nuestra sociedad. Ante lo cual se requiere una creciente articulación entre movimientos y organizaciones sociales con la juventud. A su vez, en el sindicalismo es imperativa la concientización de sus bases a través del debate y la presentación de documentales como el que nos ha heredado Christian Poveda sobre la crisis civilizatoria que encaramos.
Colectivo 27 de Marzo STUNAM
