"[…] estamos encerrados en un
horizonte único de la historia, arrastrados hacía la uniformidad del mundo y la
alienación de los individuos en la economía, condenados a moderar sus efectos
sin tener contacto con sus causas"
(Francois Furet y
Ernest Nolte, Fascismo y comunismo, Siglo XXI, Buenos Aires 1999).
Ante
la grave crisis mundial que vivimos en la actualidad y de frente a la parálisis
creativa que impregna al discurso democrático-(neo)liberal, cabría preguntarnos
¿el capitalismo global es el único proyecto civilizatorio que queda para la
humanidad? Las pseudo alternativas que el Estado moderno burgués formula e
implementa tanto en el mundo desarrollado como en la periferia global (o más
cercanamente, en nuestro México), devienen en el reforzamiento de aquellas
fuerzas destructivas que han llevado a una situación límite a eso que el
filósofo Bolívar Echeverría denominó como Modernidad.
Esas pseudo-alternativas se inscriben tanto en el
espectro de lo económico como de lo político. Desde las “soluciones” propuestas
para solucionar la crisis económica a través del “ajuste estructural”, aquellas
para frenar el proceso de calentamiento global, de desertificación, de
degradación de ecosistemas, de crisis urbana y rural, de escasez energética, de
hambruna, de destrucción comunitaria y aniquilación cultural, de deterioro de
la salud pública; hasta las medidas tomadas para supuestamente erradicar de
“fondo” la delincuencia, la violencia y el crimen organizado, así como la “solución
milagrosa” para la estabilidad política de la sociedad global y sus Estados
nacionales caracterizada como la vía democrático-electoral de una paz simulada:
todas ¡todas sin excepción! edifican un espacio mundial ideológico que encubre
y obscurece los verdaderos rasgos y componentes histórico-estructurales de la
crisis que vivimos.
Afrontar el peligro cotidiano y de largo plazo que
resulta de esta situación límite implica reconocer que capitalismo no es
sinónimo de Modernidad. Bolívar Echeverría (1941-2010), distinguió a la
Modernidad definiéndola como un proyecto de totalización civilizatoria de la
humanidad, es decir, una forma histórica donde el grado de desarrollo de las
fuerzas productivas abre a la sociedad mundial, por vez primera, la posibilidad de garantizar una relación armónica entre las
necesidades sociales y sus capacidades productivas: una sociedad de la
abundancia. Si, el fundamento de la Modernidad es el desarrollo de las fuerzas
productivas (o dicho en términos más simples, el cambio tecnológico).
De acuerdo con el filósofo marxista, podemos
rastrear los indicios de la Modernidad desde la Edad Media (siglo X), sin
embargo esta habría de alcanzar su madurez a partir del siglo XIX con la
Revolución Industrial, empero solo pudo hacerlo estableciendo para ello un
compromiso inevitable con la técnica capitalista. La Modernidad adquirió desde
entonces una figura de actualización particular: la figura capitalista de la
reproducción de la riqueza social.
El capitalismo, entendido como modo de reproducción
de la vida económica del ser humano, es de origen contradictorio. Si por un
lado el desarrollo de la técnica capitalista apuntala el proyecto civilizatorio
de la Modernidad, por otro le traiciona en virtud de imponerle una finalidad
distinta: la acumulación de capital. El capitalismo ejerce así una violencia
estructural que desquicia las relaciones sociales, en un primer momento mediante
el despojo de los medios de producción, y en un momento posterior como despojo
privado de la riqueza social producida. La promesa que se abre con el
desarrollo tecnológico de la Modernidad (neotécnica)
se ve reducida a las exigencias de la clase propietaria de los medios de
producción. Aún más la técnica del Capital depreda la naturaleza y sobre
explota el trabajo humano, produciendo enormes desequilibrios medioambientales,
desigualdad, pobreza y muerte. La modernidad capitalista, como una tendencia
degenerativa de larga duración, trata de trascender desconociendo y devastando
los valores ancestrales.
Así pues, la violencia estructural característica de
la consolidación del modo de producción capitalista no pudo ser sin ejercer por
otra parte una violencia supra-estructural en la organización política de los
ciudadanos: el Estado como fuerza que detenta el uso exclusivo de la violencia,
erigiéndose como el organismo social “perfecto”, ha asumido diversas formas a
lo largo de la historia reciente, primero como Estado interventor y benefactor
durante los primeros tres cuartos del siglo XX, y posteriormente como Estado
neoliberal desde la década de 1980 hasta nuestros días.
La política en el Estado neoliberal es hipócrita:
"[...] hace como si la injusticia
social no fuera su aliada sino su enemiga.”. Supone un "mundo feliz” y
una "paz perpetua" no muy lejanos de alcanzar. Una sociedad civil subordinada
por el peso monopólico del gran capital es condicionada por "[...] las necesidades vitales de la riqueza
capitalista […]" y tremendamente desigual por que deriva de "[...] una desigualdad estructural,
sistemáticamente reproducida [...]". Por esto es una sociedad profundamente
dividida. En este Estado autoritario, para Bolívar Echeverría: "El ser Humano neoliberal no está ahí para
inventar y transformar su propio programa de vida sino para adivinar y ejecutar
un programa que estaría ya dado y sería inalterable [...] para la opinión pública neoliberal la única
historia es una no historia [...] la
única política que debe reconocerse como viable es, en verdad, una no-política."
La verdadera política debe entenderse como un poder
que no se legitima por medio de la fuerza de la violencia sino que lo hace a
través de la autoridad que emana de la propia comunidad. Pero hay que
desmitificar la relación entre política y violencia. A contrapelo de la opinión pública moderna
que repudia el empleo de la violencia como recurso político de irrupción al
monopolio de la violencia estatal, Bolívar Echeverría afirma que: “Lo político, la dimensión característica de
la vida humana, se actualiza de manera privilegiada cuando ésta debe
reafirmarse en su propia esencia, allí donde entra en una situación límite: en
los momentos extraordinarios o de fundación y re-fundación por los que atraviesa
la sociedad; en las épocas de guerra, cuando la comunidad ‘está en peligro’, o
de revolución, cuando la comunidad se reencuentra a sí misma.” (Bolívar
Echeverría, Lo Político en la Política,
1996).
| Policia Comunitaria del estado de Guerrero |
La Modernidad puede ser otra. Podemos vivir un mundo
sin capitalismo. La tarea empieza por recuperar el discurso crítico que
destruya las ilusiones de la modernidad capitalista. En nuestro país y en buena
parte del mundo “la izquierda política” se ha sumido en la parálisis porque
sigue enclaustrada en los propios límites del discurso burgués.
Colectivo 27 de Marzo STUNAM
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