Por Eduardo Ledesma.
Tarantino, una vez
más, consigue dar constancia del altísimo nivel que tiene como creador y como
cineasta, a través de su película: Bastardos
sin Gloria (Inglorious Bastards).
La sorpresa se hace más grata, cuando Tarantino logra llevar a cabo, la
redimension de un hecho histórico tan importante, como la persecución Nazi en
contra del pueblo judío, retratada en kilómetros de celuoide, a lo largo de la
historia del cine, siendo éste último, en buena medida, el gran medio que ha registrado
la historia reciente de la humanidad, aquél que ha llevado a cabo la gran
interpretación, de muchos de los hechos más relevantes, tanto del siglo pasado,
como de éste, en el cual vivimos. Tarantino, a través de la adecuada
explotación de su recurso favorito: El
Western, el cine de acción,
aquello que llama Gilles Deleuze en su teoría cinematográfica: La gran forma, lleva a cabo una nueva manera
de ir más allá de los lugares comunes, y de redefinir la lectura
cinematográfica de lo que fue la Segunda Guerra Mundial.
Una
de las expectativas más fehacientes en muchos, era ver el desenvolvimiento que
podría tener, una estrella hollywoodense, como lo es Brad Pitt, en un film del
polémico creador de Perros de reserva.
En tela de juicio, estaban las posibilidades interpretativas del actor
estadounidense, aquellas que, quizá, podrían estar alejadas, de las que exige una
película de tan importante director, ajeno, en buena medida, a la estética de
muchos de los anteriores directores, para los que había trabajado el célebre
protagonista, de varios blockbusters de la industria hollywoodense. Sin
embrago, las dudas en torno a la colaboración de Pitt con Tarantino, se muestran
intrascendentes, frente a la magnitud de la película que analizamos, ya que el
papel de Pitt es tremendamente antagónico (incluso menos que eso) y sólo es el
motivo de una parodia al cine político-ideológico, hecho en pos del enaltecimiento
heroizante de los Estados Unidos, como los grandes salvadores de la humanidad
en tan importante conflicto (la Segunda Guerra Mundial), al igual que de sus
supuestos héroes. El personaje de Pitt (Aldo “Apache” Rainer), sólo es una
ridiculización, una sobre actuación, una pose, diciendo esto sin demeritar el
trabajo de Pitt. Al contrario, éste último, logra retratar a la perfección tal
parodia, aquella que deseaba llevar a cabo Tarantino. De tal forma, queda claro
el porqué de la elección de dicho actor. Es la caricatura del héroe de las
películas de posguerra de los Estados Unidos, aquél “héroe”, que cree saber italiano, y que,
siendo de noche, saluda en tono
ridículamente gallardo, diciendo: “Bongiorno”.
Una
de las cosas más importantes de las películas de Tarantino, detalle que a su
vez es aquello que le permite ir más allá de los clichés, es, sin duda, la ambigüedad no maniqueista de sus
personajes. El personaje de Daniel Brül (Fredrick Zoller), que parecía
perfilarse como: el joven bueno, simpático y maravilloso, que es un héroe
debido a su bondad (la brillante contracara del personaje de Brad Pitt: la
caricatura del héroe de guerra, enaltecido a través de la creación de leyendas
por parte del cine, como instrumento ideológico), y que por circunstancias
ajenas a éste, tal personaje, está del lado de los nazis, pero que se redime
por su propia bondad… Tarantino, también rompe con ese lugar común. Éste se
quiebra, se desbarata radicalmente, al revelarse tal personaje tal como es: un complejo claroscuro en la película de Tarantino, no en aquella de
la cual él, Fredrick, es protagonista. Tal hecho es parte de la parodia misma,
que construye nuestro autor. Tal desvanecimiento, sucede en la escena central
del duelo de Zoller, con el personaje de Shosanna Dreyfuss (Magistralmente
interpretado por: Mélanie Laurent), duelo de altísimos vuelos poéticos, por la
espléndida dimensión trágica que logra construir Tarantino, de la cual tiene
tremenda consciencia, como un excelente exégeta de la mejor tradición western del cine, del cine de acción, de aquella gran forma como le llama Gilles Deleuze,
insisto.
Por otro lado, el personaje de Hans Landa
(Perfectamente interpretado por Christoph Waltz, correspondiendo plenamente al
altísimo nivel histriónico de la película), el enemigo de la historia (magistralmente
escrito, hay que decir) representa el más alto nivel al cual ha llegado
Tarantino, en su uso del conocimiento de la proteica condición humana. Tal
ambigüedad, queda excelentemente reflejada, por sólo poner un ejemplo, en el
cruel final en el cual él (Hans Landa) es parte fundamental. Tal escena,
culmina el retrato de la complejidad de un psicópata, cuyo carácter bambolea (hablando
de las maravillosas ambigüedades tarantinescas), entre la ternura y el sadismo;
la gracia y la violencia; lo ridículo y lo magnífico; lo extravagante y lo
elegante. Todo lo anterior, hace de tal personaje, quizá, uno de los mejores y
más inolvidables que ha creado Tarantino. Su rol, el de dicho personaje (Hans
Landa), anclado en tales ambigüedades,
durante el desarrollo del primer capítulo de la película (magnífico,
conmovedor, perfecto y poéticamente bien actuado, nuevamente haciendo gala
Tarantino de su sobrecogedora conciencia del western, como gran forma del cine y de su dimensión
trágico-ritual) es aquél que define el cruel sentido de todo el film, de las
maravillosas ambigüedades de la
película, y de la complejidad de sus caracteres, más allá de la sensibilería
ramplona, o del lugar común en los cuales se puede caer, al abordar un tema
como el del holocausto, tan manoseado, ideológica y emocionalmente, por la
industria cinematográfica, a veces de forma brillante, a veces de forma
excesiva y a veces con fines de legitimación política, ajenos al contexto
histórico del hecho en cuestión.
La
lección de Tarantino, la cruel lección, retratada en el epílogo de la película
es: En la historia no hay salvadores y verdugos, ni buenos ni malos, todos
somos víctimas de los mismos: nosotros mismos, la humanidad. De ahí el brutal y
descorazonador cierre, que muestra el sentido de la parodia encarnada en la
figura del personaje de Aldo “Apache” Rainer, que rompe con cualquier lectura
ideologizada del film, para criticar a “los buenos”, “los salvadores”, que,
ejerciendo la violencia y la brutalidad (Estados Unidos) –quizá, en cierta
forma, una muy similar a la de los nazis-, son tan indignos de elogio, como los
nazis mismos. La ambigüedad metafórica que emplea Tarantino en su retrato histórico, conlleva una
crítica al maniqueísmo de la historia, a la guerra, la violencia, la
brutalidad, aquella que se da a través de la brillante parodia que hace
Tarantino, a través del excelente cine de
acción que sabe hacer (quizá tal crítica es involuntaria por parte de
nuestro cineasta… Honestamente, no lo creo: en Tarantino nada es inocente, como
escribí líneas antes). No es gratuito un resultado tan excepcional como lo es
esta película. Tan perfecto manejo del género, tan citado por mí, el cine de acción, es por lo que, para
muchos, él, Tarantino, ha legado una nueva manera de realizar dicho género, reflejada
tal influencia, en herederos magníficos de la talla de Jan Kounen, por sólo
poner un ejemplo.
El fin del Tercer Reich, es metaforizado
espléndidamente, dislocando la historia,
a través de la ficción en la película. Un movimiento, por parte de Tarantino,
simplemente brillante (además de audaz, arriesgado y valiente), y qué mejor que
a través de uno de los grandes símbolos de la condición humana: el fuego. Elemento
purificador, símbolo de la vida y de la muerte, del hogar y del enemigo, así
como del conflicto encarnado en la guerra. En este caso, también representa a la
venganza. Quizá uno de los movimientos y de las decisiones más brillantes que
ha tomado Tarantino como creador, a lo largo de su substanciosa carrera.
Bastardos sin Gloria: ¡Magnífica! ¡Excelente!






