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| "ST. JOHN", JOEL PETER WITKIN |
Eduardo Ledesma
Esta
pinche cabeza me está matando… ¡Pesa tanto, carajo! No sé si dejaré de sentir
el cuerpo. No sé si acabar de agacharme del dolor, o seguir sosteniendo mi
calva. Las yemas de los dedos punzan. Son pequeños látigos, de lo fuerte que se
contraen las sienes entre ellos. No puedo hablar. Sólo siento como corre por mi
nariz el hilo de sangre. Una gota se estrella contra la punta de mi zapato… Ya
no puedo abrir los ojos, me sofoco, sólo veo mi cabeza estrellándose contra el
suelo. Aplastada por la nausea constante que abre mi cráneo. Ya no es mi
cabeza, es un globo perfecto y expandido, relleno de aire, azotando mil veces
contra el piso, similar al salto de la pelota de plástico de mi hijo. Si él
pudiera verme, ¿Qué haría si estuviera aquí? “¡¡Papá!! ¡¡Papá!!”. Un llanto
impotente.
…Todo pasa por mi cabeza en un instante,
sin poderlo decir, sin realmente saberlo. En medio del dolor, sin ninguna
distancia. Quien sabe quién será el loco que dice todo esto. No soy yo, estoy
en otra parte. En llamas, en medio de una fiebre satánica, consumido por una
convulsa combustión espontánea. Hace de mí cenizas de carne, clavada sobre la
rota espina dorsal, esparcida sobre el resto de mis huesos. Bajo mis escombros,
un par de pies colgantes. Son los cables de un puente, a punto de caer.
…¡¡¡Que alguien pare ese martinete!!!
¡Ese zumbar hambriento! ¡¿Por qué es tan incansable?! ¡Agudo, como el filo de
un cuchillo plañidero! ¡El rechinar del metal contra el metal! ¡El llanto de mi
hijo, y de mi madre que se suicidó! ¡¡¡Dios!!! ¡¡¡Para tal frenesí, y volveré a
creer en ti, sino es que ya veo tu rostro, dibujado por mi angustia!!! “¡Soy yo!
¡Soy yo!” Grita un extraño dentro de mí, mientras me sumerge en una tina de mercurio hirviendo,
jalándome con sus manos. Salen de aquél espejo, en medio de resplandores.
…Se pierde mi rostro. Es piel diluida, en
el fondo de aquél mar de metal. Sólo queda un habla, o algo semejante. No es mi
voz. Ni siquiera es mi voz, ojala fuera así, una esperanza… Sólo veo un
desvanecer… es mi cuerpo… Sólo un eco, el mío, lo que queda de mí, ¿Seguiré
siendo algo?... El respiro de un extraño, inaudible, en medio de la oscuridad.
Quizá, sólo quizá.
¿Habré muerto? Si no es así, creo que
esto, es lo más cercano ¿Por ello lo siento peor que la muerte? No sé qué se
siente, y, sin embargo, creo poder compararlo… Peor que todo aquello. Aquello que
alguna vez imaginé, cuando dejé de ser niño. Quizá he vuelto al vientre de mi
madre. Sólo que ahora, ella ésta tres metros bajo tierra… ¿Puede ser infinita
una agonía? ¿Despertaré para que un médico, joven e inexperto, me diga: …?
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| "THE KISS (V.2)" , JOEL PETER WITKIN |


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